viernes, 8 de julio de 2011

LOS ENCHAQUIRADOS: EL PASADO SEXUAL DE GUAYAQUIL

Y es con gran dolor y terror que uno comienza a darse cuenta de esto.
Sintiendo dolor y terror, uno comienza a evaluar la historia
que lo ha colocado a uno donde esta, y cómo ha formado su punto de vista.
Sintiendo dolor y terror, porque de allí en adelante,
uno entra en una  batalla con esa creación histórica, lo que es uno mismo,
e intenta recrear a uno mismo de acuerdo a un principio más humano y más liberador;
comienza así el intento de alcanzar un nivel de madurez personal y libertad,
lo cual roba a la historia de su poder tiránico, y,  al mismo tiempo, la cambia.
James Baldwin.


 
LOS ENCHAQUIRADOS: EL PASADO SEXUAL DE GUAYAQUIL
- Mi nombre es Jorge, pero mi nombre de batalla es Dolores.
Esta respuesta hubiera sido inquietante viniendo de un hombre ecuatoriano cualquiera, pero lo era aún más viniendo de un habitante de un aparentemente tradicional pueblo costero como lo es San Pablo , en la Península de Santa Elena
- ¿Cómo podría un “hombre”, rodeado por su grupo de amigos, ser tan abierto acerca de su homosexualidad e identidad queer?
Esto era particularmente problemático ya que la mayoría de hombres guayaquileños, gastamos una gran energía en mantener una identidad heterosexual  ostensible en congruencia con los roles sociales prescritos para nosotros. Pero lo era más considerando  que , esto paso a mediados de los ochentas, donde cualquier actividad sexual entre hombres adultos en Ecuador llevaba una sentencia obligada a prisión por ocho años.
Nuestra hombría heterosexual no era para ser tomada a la ligera. Los gays guayaquileños, habíamos pasado demasiado tiempo en el colegio, en casa, en el vecindario, en nuestras mentes, construyendo una identidad masculina heterosexual que nos proveyera el respeto necesario  para llevar a cabo nuestra vida diaria, incluyendo el hecho de nuestra supervivencia.  Cualquier noción de una identidad homosexual era recibida con enorme sospecha debido a un sin número de restricciones culturales y sociales, así como la de un aparato legal, los mismos que habíamos activamente validado y participado hasta entonces.
Durante este tiempo  he cuestionado y analizado – y he sido impresionado por – una representación histórica de la heterosexualidad como hegemónica y producida a costa de una rica serie de prácticas y deseos sexuales diversos.
Los elementos significativos de un pasado homosexual prehispánico han sido distorsionados  y , en última instancia, excluidos de la producción contemporánea de la historia de la ciudad. Estas distorsiones resultan aún más significativas porque muchos de estos elementos homosexuales prehispánicos han sido pasados por alto sistemáticamente.
Las estatuillas de varones participando en sexo oral y anal están presentes a lo largo de las culturas prehispánicas andinas, incluyendo la de los Manteño Huancavilca. Es más estas estatuillas explícitamente sexuales han capturado la imaginación contemporánea mientras que réplicas modernas son hechas para propósitos comerciales, incluyendo unos populares y provocativos llaveros.
·         El análisis alternativo de los enchaquirados cuestión ala tradicional historia heterosexista de la ciudad.

·         Los Enchaquirados ( Un harem homosexual de sirvientes jóvenes destinados a tares religiosas y sexuales) son descritos por los mismos relatos etnohistóricos que han sido utilizados para reconstruir la historia colonial de Guayaquil.

·         Para los grupos prehispánicos en cuestión, los enchaquirados fueron tan queer como las prostitutas y las amas de casa son para los guayaquileños actualmente.
Los Manteños – Huancavilca fueron vistos como infames en los relatos españoles pro prácticas tales como la adoración de piedras sagradas, efigies de madera y otras y deidades, así como por la reducción de cabezas, costumbres de entierro “birzarras”, y por último pero no menos importante, por su pública aceptación y práctica de la sodomía.
Víctor Emilio Estrada en su estudio de 1957 sobre el  grupo menciona, en un párrafo corto y fácilmente pasado por alto, que “eran sodomitas y tenían a sus niños muy bien enchaquirados y ordenados con sartales (collares) y muchas piezas de joyería de oro”.
( Estrada 1957: 12; énfasis agregado).
Para los cronistas españoles, todo esto probaba que los Manteño – Huancavilca participaban en rituales barbáricos y estaban en comunicación directa con el propio diablo.
Pero esta peculiar representación de las prácticas religiosas del grupo no es inesperada, puesto que el énfasis  en los rituales de nativos americanos como algo diabólico fue difundido en los relatos coloniales a lo largo del Continente ( ver Las Casas 1982:69).
Zárate sobre los rituales costeros que impresionaron mayormente a los españoles.
Entre las descripciones de las reprensibles actividades de estos grupos, de acuerdo a los españoles, no se hallaban sólo aquellas de idolatría, acuerdos con el diablo, sacrificios animales y humanos, sino también, de manera preponderante, aquellas del pecado de sodomía. De capital importancia en esta práctica sexual era un grupo de hombres jóvenes reconocidos por su actividad homosexual religiosa (o ritualizada) y su uso ritual de chaquiras (cuentas de conchas) y adornos de oro:
“Y en otros respectos para que el diablo los tenga atados a sus cadenas de pecado, es precisamente sostenido que en los oráculos y templos donde eran dadas respuestas a sus preguntas, se asumía que era necesario para este servicio que algunos jóvenes estén en el templo donde eran dadas respuestas a sus preguntas, se asumía que era necesario para este servicio que algunos jóvenes estén en el templo desde una temprana edad, para que en ciertas ocasiones y durante los sacrificios y fiestas santas, el señor y otras autoridades pudieran acarrear con ellos el maldito pecado de la sodomía. Y para que usted pueda entender lo que está leyendo, como algunos entre ellos aún mantienen este ritual diabólico: narraré una historia que me fue dada en la ciudad de Reyes por el Fraile Domingo de Santo Tomás, la cual tengo en mi poder y va de la siguiente manera:
…Y eso es que cada templo o adoratorio primario tienen uno o dos hombres, o más, de acuerdo al ídolo. Han sido vestidos como mujeres desde que eran niños pequeños, y hablan como tales; y en su trato, ropas y en todo lo demás ellos imitan a las mujeres.
Estos hombres participan en uniones carnales como un signo de santidad y religión, durante sus fiestas y días santos, especialmente con los señores y otras autoridades. Yo lo sé porque he castigado a dos. Los cuales, cuando les dije del maligno acto que estaban cometiendo, y la fealdad del pecado que estaban haciendo, contestaron que no eran culpables, porque desde el momento que nacieron habían sido colocados ahí por sus caciques, para utilizarlos en este maldito  y horrendo (nefando) vicio, y para ser los sacerdotes y guardianes del templo. Así que lo que yo deduje de esto es que , el diablo estaba tan a cargo de estas tierras, que no habiendo sido contentado con hacerlos caer en semejante gran pecado; sino también los había hecho creer que tal vicio es una forma de santidad y religión y de esa manera los tenía más esclavizados.
Esto me fue dado por Fraile Domingo, conocido por todos, y conocidos por ser un amigo de la verdad (Cieza de León 1986: 199 – 200).”
* Fernández de Oviedo ( 1952, IV: 221) describe los enchaquirados de la siguiente manera:
“Estas tierras de Puerto Viejo son planas y con muy pocos cerros, y el sol las achicharra bastante y están un tanto enfermizas. La mayoría de los indios que habitaron la costa son sodomitas abominables, haciendo esto con los niños, y tenían a los niños muy bien enchaquirados y adornados con bastante joyería de oro. Trataban a sus mujeres muy mal. Usaban pequeñas camisas, y sus vergüenza es expuesta.”
* El Inca Garcilaso de la Vega ( 1998: 390) se refería cuando expresaba que:

“Los naturales de Manta y de la región, particularmente a lo ralgo de la costa (pero no aquellos tierra adentro los cuales son llamados serranos) practicaban la sodomía más al descubierto y con menos vergüenza que ningún otro; esto es, más que todas las otras naciones que hasta la fecha han sido notorias por este vicio.”
Muy poco es conocido acerca de estos hombres jóvenes, aunque ellos difícilmente parecen haber sido transgresores sexuales  y más bien, parecen haberse hallado bastante integrados a la sociedad normativa. Estructuras religiosas similares de muchachos jóvenes sirviendo en templos y participando en una homosexualidad ritualizada son también descritos en otras partes de las Américas (Ver Trexler 1995 para una descripción exhaustiva aunque poco crítica), tanto en el Perú Central (Cieza de León 1986) como en Mesoamérica (Las Casas 1982:70).
Cuando uno toma en cuenta el uso de las chaquiras y el oro podemos asumir que estos jóvenes fueron sostenidos en un status de consideración dentro de la comunidad, especialmente porque las chaquiras fueron consideradas artefactos invalorables entre estos costeros. Igualmente importante en muchas de estas descripciones es que las chaquiras eran altamente estimada y en algún caso eran también parte inconfundible del atavió masculino:
Ellos ataban sus brazos y piernas con algunas vueltas y cuentas de oro, plata y pequeñas turquesas, y cuentas  y conchas rojas y blancas, sin permitir a ninguna de las mujeres usar estas (Zárate 1995: 33).
Algunos otros relatos también parecen indicar el valor del servicio de tales jóvenes a sus señores, al punto de que muchos de elos también fueron sepurtados junto con las esposas en la tumba del señor:
“Una o dos de sus mujeres se sepultaría a sí mismas con él, las que él amaba más, y por esto algunas veces habían peleas entre ellas,  así pues el fallecido dejaría esto decidido antes de su muerte, y  de la misma manera ellos sepultarían con él dos o tres niños jóvenes de sus servicio, poniendo en la tumba todas las vasijas de oro y plata que tenían (Zárate 1995;33, énfasis agregado).
* Era la costumbre de poner las armas con el fallecido en su tumba, y su tesoro, y  tomaba mucho trabajo mantener esto en estas tierras que habían sido descubiertas. Y en muchas provincias también incluirían mujeres y niños vivos… Y ellos tenían esto como la verdad, ellos sepultaban con el fallecido sus mujeres más amadas, y sus más privados servidores y sirvientes… y en estos valles es común sepultar a los muertos con sus riquezas y cosas más importantes, y muchas mujeres y los sirvientes más privados que un señor tuvo mientras estaba vivo (Cieza de León 1986: 166, 194, 197; énfasis agregado).
Otras actividades homosexuales también son descritas por muchos de los cronistas que visitaron tempranamente estos grupos costeros:
“Pero como esta gente era mala y llena de vicios, a pesar de que entre ellos habían muchas mujeres, y algunas de ellas extremadamente hermosas, la mayoría de ellos participaban (lo cual me ha sido certificado) públicamente y al descubierto en el horrendo pecado de la sodomía, en el cual se dice que ellos se glorificaban en extremo. Es verdad que en los últimos años el Capitán Pacheco y el Capitán Olmos, que ahora están en  España, castigaron crudamente a los indios que cometieron el pecado anteriormente mencionado, advirtiéndoles de cuánto Dios estaba disgustado y ellos fueron tan implorados que ahora poco o nada de este pecado es practicado, ni ninguna de las otras malas costumbres que tenían, ni tampoco hacen uso de otros abusos de su religión. (Cieza de León 1971: 198).
Este último relato reconoce tnato la extendida páctica de la sodomía entre los Manteño – Huancavilca como la reserva de Cieza en discutir en detalle la práctica sexual de la sodomía misma. Lo que es también bastante evidente es la prescripción ritualizada del comportamientno homosexual para algunos miembros de esta comunidad indígena.
En algunos de los otros relatos, como el del Fraile Reginaldo de Lizárraga, el uso de la actividad homosexual para crear un sentido del “otro” es particularmente explícito. Tal distancia no es solamente proporcionada por los mismos españoles, sino que es también instrumental para diferenciar entre las varias comunidades indígenas. En este relato, donde Lizárraga parece haber invertido los grupos, las descripciones de los actos de sodomía no sólo tienen cualidades civilizadoras sino también connotaciones raciales:
Allá vivieron en esta ciudad y sus distritos dos naciones de indios, una llamada Guamcavillcas (sic), gente bien dispuesta y blanca, limpia en su vestimenta y bien parecida; los otros son llamados Chonos, negros, y no tan sociables como los Guamcavillcas (sic); ambos son gente guerrera, con armas, arco y flechas. Los Chonos tienen mala reputación de participar en horrendos vicios de sodomía, ellos tienen el pelo al final de sus cabezas y la parte de arriba es completamente calva, por lo cual  el resto de los indios los ridiculizan; llamándolos perros Chonos cocotados (rasurados) como lo relataremos más tarde (Lizárraga 1968:66; énfasis agregado).
Benzoni también parece compartir este tono racialita y moralizador cuando describe los vasallos del Cacique de manta como “feos, sucios sodomitas, llenos de toda maldad”. (Benzoni 1985: 110).
Otro elemento interesante en la descripción de la homosexualidad masculina ritualizada entre grupos costeros des la narrativa fantástica sobre la presencia de gigantes en esta área. Es muy probable que las narrativas de gigantes hayan sido estimuladas por la presencia de grandes huesos desenterrados de una extinta población de mastodontes en el área. La existencia de esos gigantes es narrada por muchos cronistas, y sus narrativas comparten la característica de describir a los gigantes como depredadores; primeros de comida y suministros y más tarde también de personas. Los relatos expresan que inicialmente, mujeres indígenas fueron asesinadas por los acercamientos sexuales en estos gigantes, razón por la cual los gigantes recurrieron a tener sexo entre ellos mismos. Una característica sorprendente de en las descripciones es que se decía que todos los gigantes eran hombres, sin que la ausencia de mujeres gigantes genere una explicación o racional:
* Algunos años habían pasado y estos gigantes todavía están en estos lugares; como no tenían mujeres, y las mujeres indias no les calzaban por sus tamaños, o porque era un vicio común entre ellos por consejo y apoyo del diablo mismo, ellos utilizaron el uno con el otro el (Nefando) pecado de la sodomía, tan horrendo y de graves consecuencias; el cual usaron y lo llevaron a cabo públicamente y al descubierto, sin temor a Dios y muy poca vergüenza de ellos mismos. Y todo los indios (naturales) declararon que Dios nuestro Señor , no habiendo querido ignorar tan horrible pecado, les envió un castigo de acuerdo con la fealdad del pecado (Cieza de León 1971: 206).
Como la representación histórica siempre “opera en un campo de enredados y confusos pergaminos, sobre documentos que han sido excavados y copiados algunas veces”, la verdad absoluta es más una fantasía productiva que una meta absoluta (Ver Foucault 1998: 269). Tomando en cuenta la hermenéutica histórica, estos relatos expresan los prejuicios particulares que los españoles acarrearon a su propia imaginación histórica y que siglos más tarde alimentaron la imaginación etnográfica sobre prácticas sexuales no occidentales. (Blyes 1995).
Los enchaquirados estaban lejos de ser una aberración, constituyendo un elemento social normativo, ritualmente prescrito, de la sociedad Manteño – Huancavilca y posiblemente de otras poblaciones prehispánicas. Es también evidente que normas sexuales estrictas fueron parte de las comunidades indígenas americanas del pasado, pero a diferencia de hoy, la homosexualidad estaba lejos del “crimen” o “pecado” como ha sido reificado en términos contemporáneos. Esta nueva interpretación histórica demanda una valoración de los discursos hegemónicos más amplios que estructuran todas  las interpretaciones del pasado. ( Wylie 1995).
Autor:
HUGO BENAVIDES
Departamento de Antropología, Fordham Univesity, Nueva York
benavides@fordham.edu