Los primeros piratas del Caribe solían ser hombres con experiencia marítima, a menudo vinculados al mundo de la navegación. Dominaron las rutas de los mares y océanos americanos entre los siglos XVI y XVIII. Esta actividad, conocida como corso cuando contaba con respaldo oficial, fue utilizada estratégicamente por gobiernos y compañías comerciales para debilitar los intereses de la Corona española y favorecer el establecimiento de nuevas colonias.
Los piratas establecieron sus propios códigos de conducta, ya que las leyes terrestres carecían de eficacia y jurisdicción sobre estos hombres del mar. A bordo, cantaban, bailaban y realizaban ejercicios de fuerza. Algunos exhibían sus partes íntimas de forma provocativa, en un torpe intento de seducción.
Los piratas practicaban el matelotage, un pacto de convivencia y sociedad económica en el que se emparejaban. Este acuerdo incluía compartir el botín, heredar los bienes del compañero en caso de fallecimiento, corregirse mutuamente y compartir el lecho. Las relaciones de estas parejas ardían más que el calor del Caribe, y sus escenas de celos desataban tormentas más intensas que un huracán. Algunos procesos judiciales tramitados ante los tribunales del Almirantazgo revelan que la mayoría de estas parejas practicaba sexo intrafemoral, técnica que consiste en alcanzar la eyaculación mediante la estimulación del pene entre los muslos del compañero. Los encuentros sexuales entre hombres eran tolerados por los capitanes y contramaestres de las embarcaciones, siempre que no derivaran en conductas escandalosas, ni los implicados mostraran comportamientos considerados afeminados.
El pirata inglés Francis Drake, célebre por su ferocidad, contrajo matrimonio en dos ocasiones y, en ambos casos, mantuvo con sus esposas un matrimonio josefino; por esta razón, no tuvo descendencia. En 1572, apresó una fragata española y tomó como botín al habanero Diego Grillo, un adolescente de 12 o 13 años. Impactado por la belleza del joven mulato, lo mantuvo en su camarote durante muchos años, le enseñó a hablar en inglés, el arte de la navegación, y le prodigó, sin inhibiciones, muestras públicas de amor.
El historiador estadounidense Barry Richard Burg sostiene que, a pesar de la condena cristiana, entre los hombres de mar la pederastia de estilo helenístico persistió hasta bien entrado el período moderno temprano. Algunos piratas realizaron saqueos marítimos e incursiones en aldeas con el fin de capturar niños y adolescentes para destinarlos a su servicio personal.
El doctor Burg examinó los registros de los consejos de guerra de la Marina Real Británica y encontró que, entre los años 1700 y 1850, la mayor parte de los casos de actividad homosexual a bordo de los barcos involucraba a hombres adultos con niños o adolescentes. Algunos de estos individuos presentaban conductas execrables propias de la pedofilia, mientras que varios adultos establecían vínculos entre sí, conformando una incipiente comunidad protogay. De igual manera el doctor y docente de la Universidad de Connecticut, Hans Turley, ha analizado la forma en que los piratas rompían las normas sociales de la sociedad europea y las definiciones de sexualidad y género, incluyendo en su vida cotidiana relaciones entre hombres y formas alternativas de masculinidad.
Tanto Turley como Burg señalan que las relaciones homosexuales se daban entre hombres que proyectaban una imagen hipermasculina. Entre sus declaraciones grandilocuentes se incluían referencias a la violencia sexual contra mujeres prisioneras, prácticas sádicas dirigidas tanto a mujeres como a hombres en roles sexuales pasivos, la ostentación del tamaño de sus genitales y el uso de prostitutas.
En las embarcaciones marítimas se registraron casos de violación, prostitución, prácticas sexuales grupales e incesto entre personas del mismo sexo. Aunque la sodomía era ilegal y severamente castigada en tierra, en los barcos de la Marina Real Británica las autoridades a menudo hicieron de la vista gorda ante la existencia de relaciones sexuales entre miembros de la tripulación, al considerarlas en muchos casos consecuencia de la ausencia de mujeres, de necesidades fisiológicas y de las duras condiciones de vida a bordo. Por otro lado, los piratas vivían al margen de la ley y rechazaban las normas sociales y religiosas de la época; detestaban las imposiciones de una sociedad moralizante. Por esta razón, sus embarcaciones se convirtieron en espacios relativamente tolerantes y, en ocasiones, en refugios para parejas del mismo sexo, a quienes ofrecían seguridad.
Los piratas del Caribe también incursionaron en el océano Pacífico. Una de las ciudades más asediadas por estos bandidos del mar fue el puerto de Guayaquil. En 1587, el ataque del pirata y aristócrata Sir Thomas Cavendish fue repelido valientemente por los habitantes de esta urbe. En 1623, el corsario holandés Schapeham atacó e incendió Guayaquil; en esta agresión se destruyeron tres conventos y el hospital. En 1680 y 1681, el pirata Bartholomew Sharp fue rechazado por la población cuando intentó saquear Guayaquil. El 21 de abril de 1687, el filibustero Davis se confabuló con filibusteros franceses con el propósito de atacar Guayaquil. Esta incursión fue catastrófica para el puerto: los piratas robaron perlas, joyas, oro y mercancías valiosas, así como 14 embarcaciones fabricadas en su astillero. Las mujeres y los niños fueron tomados prisioneros; setecientos hombres fueron enviados como cautivos a trabajar en las posesiones francesas de la isla La Española, y cuatro rehenes fueron decapitados delante de sus familias. Los piratas, desprovistos de todo rasgo de humanidad, negociaban la libertad de los capturados exigiendo a los habitantes de Quito un rescate consistente en dinero, toneladas de harina y otros alimentos. Como estas demandas tardaron en cumplirse, abandonaron Guayaquil el 26 de mayo de ese mismo año.
Muy distante de la asolada ciudad de Guayaquil y del paradisíaco mar Caribe, en Europa las leyes castigaban con severidad la sodomía; por esta razón, los hombres homosexuales debían ser discretos respecto de sus preferencias. Muchos se protegían llevando lo que modernamente se ha denominado una “doble vida”, mostrando en todo momento un interés exagerado por la belleza de las mujeres o contrayendo matrimonio.
Los documentos que contienen juicios por sodomía, conservados en Francia, el Reino Unido y los Países Bajos, son escasos y fragmentarios, y sugieren que, para procesar a los implicados en estos delitos, se utilizaron nombres ficticios con el fin de no estigmatizar a las poderosas familias vinculadas a la piratería.
Los juicios por sodomía contra los marineros del Caribe se originaban a partir de acusaciones mutuas, frecuentemente asociadas a tensiones internas como envidias, conflictos, venganzas, celos o la percepción de una distribución injusta del botín. Sin embargo, las sentencias eran muy desiguales: favorecían a las personas adineradas y resultaban mucho más drásticas con la gente pobre y sin familia reconocida.
En la ciudad de Port Royal, bajo dominio inglés durante el siglo XVII, se llevaron a cabo numerosos juicios contra marineros acusados de sodomía; por ello, la urbe fue apodada “Sodoma del Universo”. Este puerto fue considerado uno de los más perversos del mundo, debido a que su economía se sustentaba en el comercio sexual, la venta de alcohol, los juegos de azar y diversas formas de entretenimiento que transgredían la ley. En los numerosos antros, prostitutas y prostitutos ofrecían satisfacer las apetencias sexuales más desenfrenadas, en ocasiones en un entorno exhibicionista. En este escenario incontrolable, las mujeres que ejercían la prostitución se hacían hipervisibles para captar clientes, mientras que la prostitución masculina operaba de manera casi invisible. Los juicios por sodomía solían concluir con sentencias que incluían la horca, los azotes públicos, la prisión o los trabajos forzados. En 1692, un terremoto hundió gran parte de la ciudad de Port Royal en el mar y provocó la muerte de miles de personas. Este evento sísmico reforzó la idea de que la presencia de homosexuales atraía la ira divina y diversos infortunios sobre la comunidad.
Aunque la piratería se desarrolló en un entorno peligroso, violento e intimidante, con riesgo permanente de ejecución, algunos hombres la interpretaron como un espacio de mayor libertad frente a la vida en la marina mercante, la marina naval o en tierra firme, donde la justicia imponía un control que no siempre consideraba sus proyectos de vida o sentimientos. Los individuos estigmatizados, a través de leyes que vulneran su dignidad, pueden verse obligados a huir del mundo legal y refugiarse en agrupaciones que, desde el exterior, son percibidas como depravadas, vinculadas al crimen organizado y a la supuesta destrucción de la familia tradicional o de la sociedad.
En las cálidas arenas del Caribe, donde el ritmo enciende la piel y un dialecto seductor despierta los sentidos, aún flirtean desnudos los secretos que el mar no pudo guardar.
Autor: MBA Eduardo Ramón López
Investigación realizada en la Biblioteca de Universidad Andina Simón Bolívar
Quito, Ecuador
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS.
Barry Richard Burg: Sodomía y la Tradición Pirata
Barry Richard Burg: Chicos en el mar
Charles Johnson: Historia general de los piratas
Edgardo Pérez Morales: El Caribe cimarrón y los corsarios de Cartagena en la época de la independencia
Francisco Mota: Piratas en el Caribe.
Hans Turley: Ron, sodomía y el látigo
Manuel Lucena Salmoral: Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios
Marcus Rediker: Villanos de todas las naciones.
Teresa Valdés y José Alavarría: Masculinidades: Poder y crisis
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