De Naún Briones a las naúnas: Crónica de una rebeldía indomable
Naún Briones, el “Robin Hood ecuatoriano”, nació en la provincia de Loja. Fue descrito como un hombre de baja estatura, cabello castaño rizado y ojos verde miel; sabía leer, escribir y dominar la aritmética. Además de caballeroso, guitarrista y romántico, era un líder fuerte y astuto, hábil con las armas y de un coraje casi suicida. La leyenda lo consagra como el ladrón que robaba a los ricos para repartir el saqueo entre los pobres.
En 1924, Briones inició su carrera delictiva y de inmediato se convirtió en una figura pavorosa en la región por sus asaltos a hacendados y viajeros. Al mismo tiempo, ganó el afecto y la complicidad de los más pobres, con quienes compartía sus botines. En reciprocidad, ellos le brindaban alimento, refugio e información sobre los movimientos de la policía y el ejército.
Algunos políticos de Loja lo tenían como un aliado para atacar en secreto a sus adversarios, mientras los intelectuales de izquierda lo idealizaban como un organizador de células campesinas destinadas a desatar una revolución social e instaurar un gobierno proletario. En mayo de 1926 se fundó en Quito el Partido Socialista Ecuatoriano. Sus integrantes enviaban al cantón Paltas ejemplares de la revista Nueva Polonia para difundir la lucha de clases, la organización obrera y la transformación social. Muchos adolescentes socialistas que tuvieron encuentros fortuitos con Briones afirmaron que jamás los intimidó ni violentó; al contrario, el fugitivo los saludaba con una venia.
En 1930, bajo la dirección del empresario y liberal progresista José Abel Castillo, el diario El Telégrafo de Guayaquil siguió con interés a la banda de Naún Briones. El periodista orense de ese medio, Alejandro Campoverde Andrade, llegó a describir al bandolero como “un comunista por naturaleza”. Organizada bajo el patrón de las bandas del norte de Perú y las de Pancho Villa en México, la agrupación de Briones operó en Loja, El Oro, Zamora, zonas de Azuay y Guayas, y el norte peruano, llegando a unirse a cuadrillas gigantescas en el departamento de Piura.
Más tarde, acusado de varios delitos, Briones fue condenado a 17 años de reclusión en el penal García Moreno de Quito. Sin embargo, el 2 de septiembre de 1932, inmerso en los sangrientos combates de la “Guerra de los Cuatro Días”, se fugó del presidio junto a otros reclusos y volvió a operar en la provincia de Loja.
En noviembre de 1934, el presidente José María Velasco Ibarra ordenó a policías y militares capturar a la banda de Naún Briones y desarticular los ejércitos irregulares que aterrorizaban a la población. En la madrugada del 13 de enero de 1935, en el paraje conocido como Piedra Lisa, miembros de la fuerza pública anunciaron el final de Naún Briones. Posteriormente, el sacerdote Alfredo Narváez afirmó que el caudillo cumplió su promesa en vida: se disparó en la cabeza para evitar ser capturado.
Una vez que la fuerza pública desarticuló a las facciones que azotaban el sur ecuatoriano, la memoria colectiva sitúa, cerca de 1940, la aparición de grupos de mujeres en los cantones de Macará, Calvas y Paltas que se autoidentificaban como “naúnas” en tono altanero. A diferencia del temido Naún, ellas no buscaban el pillaje ni eran cuatreras comunes; lo asombroso del fenómeno es que el grupo estaba integrado por jóvenes de la élite y la clase media regional que adoptaron el nombre del bandolero como un símbolo de rebeldía.
Con su comportamiento, estas mujeres desafiaron la estructura patriarcal de la época, la misma que sobrevaloraba lo masculino y desvalorizaba lo femenino. Vestidas con ropas de hombre, sombrero vaquero y armadas con revólveres al cinto, viajaban sin pedir autorización entre Loja, Azuay, El Oro y el departamento de Piura, montando caballos que ellas mismas habían domado. Aunque a veces permitían la compañía masculina, lo hacían bajo sus condiciones: ellos asumían el rol de empleados, encargándose de cocinar, lavar, planchar, limpiar el calzado y cuidar a los animales. Estas rebeldes no solo tomaron las riendas de la economía familiar, sino que defendieron su libertad a balazos; disparaban al aire para intimidar a cualquiera que intentara reprocharlas y dormían con esas mismas armas bajo la almohada.
En honor al nombre que adoptaron, las naúnas jamás acataban las órdenes de sus padres o hermanos, quienes les exigían dedicarse a las tareas domésticas, permanecer encerradas en casa y estar al servicio de las cofradías religiosas. En sus conversaciones solían alardear del dinero que ganaban y de la calidad de las armas que conseguían; asimismo, expresaban con pomposidad que no temían «a los castigos físicos, al qué dirán ni al mismísimo demonio». El tiempo de asueto lo dedicaban a desarrollar su fuerza física y habilidades mentales para participar en juegos de salón, ganar en ellos y reforzar su economía.
Les fascinaba intervenir en debates políticos para imponer sus ideas y demostrar que siempre tenían la razón. Además, se metían por la fuerza en cualquier competencia de acrobacias ecuestres, un deporte que en la época estaba reservado exclusivamente para los hombres, aprovechando esas oportunidades para desafiarlos a la lucha romana, los pulsos, el tiro al blanco, los juegos de cartas, el ajedrez, las peleas de gallos e incluso compitiendo en el consumo de tabaco y alcohol. En esto último eran exigentes: solo tomaban licores europeos, pues consideraban que beber cualquier otra cosa era más desagradable que montarse en un «burro viejo y garrapatoso». Ante esto, muchos varones preferían rehuirles, tachándolas de «malditas».
Las naúnas se dedicaron a la crianza y comercialización de ganado vacuno y equino, dejando los animales de corral para los pequeños comerciantes. Aprendieron a fabricar arreos para venderlos en las plazas de los pueblos, se involucraron en la minería artesanal y en el contrabando de productos entre Ecuador y Perú. En las fiestas se presentaban sin invitación con el fin de hacer negocios; allí causaban gran escándalo al acercarse indistintamente a hombres o mujeres para invitarlos a bailar. Si presenciaban una pelea familiar o callejera, intervenían de inmediato para zanjar la disputa apuntando a los involucrados con sus revólveres. Además, a los hombres que agredían a las mujeres los doblegaban con insultos y disparos, obligándolos a «ponerse en cuatro y relinchar» antes de pedir disculpas. Cuando finalmente se marchaban de un sitio, los lugareños solían murmurar: «Son el mismo diablo».
Algunas de estas revolucionarias no solo desafiaron los esquemas tradicionales de género, sino que, valiéndose de obsequios y de una apariencia masculina, lograron ganarse la confianza de diversos jóvenes para conocer sus estrategias de seducción. A pesar de las burlas, las amenazas y el rechazo social que ello les acarreó, ninguna de estas censuras logró quebrantar su resolución.
Así fue como Delia aprendió que las mujeres más necesitadas de afecto eran las viudas; por ese motivo, orientó su interés romántico hacia ellas, lo que hizo que sus amigos la apodaran socarronamente “el Consolador”. Para Mercedes, en cambio, las mujeres se fijaban principalmente en lo económico, pues amaban sin restricciones a quien las llenara de joyas de oro; por ello, sus amigos la llamaban “el Midas”. Leticia, por su parte, creía que toda mujer valoraba la fuerza física, razón por la cual aseguraba que podía levantar un caballo con los brazos, ganándose el cariñoso apodo de “el Sansón”. A Domitila no le valía ningún consejo: cada vez que se enamoraba de una fémina se volvía díscola y bohemia, y pasaba noches enteras deambulando en la oscuridad como un fantasma que buscaba desesperadamente el eco de los suspiros de su amada; así que sus amigos, entre bostezos, la llamaban «el Duende». Finalmente nos encontramos con Esperanza, quien aseguraba que se comunicaba con sus enamoradas únicamente mediante silbidos; entre carcajadas, sus amigos la motearon como “el Pájaro Loco”, un apodo que nos permite ubicar su historia en el año 1941.
El surgimiento de las naúnas supuso una transgresión radical frente a las imposiciones machistas de la época, logrando redefinir los roles de género tradicionales. Asimismo, estas mujeres se empoderaron de su sexualidad y afectividad al elegir con total autonomía a sus parejas románticas, desafiando con firmeza la vindicta pública.
La luna observa embelesada las cimbreantes siluetas femeninas que acarician la penumbra, fundiéndose en sus fantasías y pasiones, mientras, en el cenit, las mariposas se entrelazan en un vuelo sensual ante las rosas que, desnudas de perfume, imploran su amor. Suaves melodías danzan sobre las praderas bañadas de añoranza; al mirar hacia atrás, las naúnas son una leyenda inmortal de amores incomprendidos que reverdecen, invictos, en el regazo de la memoria.
Autor: MBA. Eduardo Ramón López
Loja, Ecuador
REFERENCIAS:
Sánchez Andrade, Jaime (1935): El último día de un bandolero romántico (cuento histórico). Imprenta Ecuador. Quito.
Varallanos, José (1937): Bandoleros en el Perú. Imprenta y Editorial Altura. Lima.
Torres, Martín. Aquí vivió Naún Briones: el Bandolero Romántico que robó a los ricos para socorrer a los pobres. En Revista “Vistazo”, febrero de 1964.
Reyes, Eduardo. Naún Briones famoso bandolero lojano. En Revista “Vistazo”, junio de 1969.
Armijos Ayala, Arturo. (1995): Loja antigua en la memoria. Editorial Universitaria. Loja.
Pucha, Eduardo (2008): Naún Briones: leyenda y tradición. Casa de la Cultura. Loja.
Pucha, Eduardo (2019): Naún Briones: leyenda y tradición, tomo II. Casa de la Cultura. Loja.

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