jueves, 4 de junio de 2026

DE NAÚN BRIONES A LAS NAUNAS: CRÓNICA DE UNA REBELDÍA INDOMABLE

 De Naún Briones a las naúnas: Crónica de una rebeldía indomable

Naún Briones, el “Robin Hood ecuatoriano”, nació en la provincia de Loja. Fue descrito como un hombre de baja estatura, cabello castaño rizado y ojos verde miel; sabía leer, escribir y dominar la aritmética. Además de caballeroso, guitarrista y romántico, era un líder fuerte y astuto, hábil con las armas y de un coraje casi suicida. La leyenda lo consagra como el ladrón que robaba a los ricos para repartir el saqueo entre los pobres.

En 1924, Briones inició su carrera delictiva y de inmediato se convirtió en una figura pavorosa en la región por sus asaltos a hacendados y viajeros. Al mismo tiempo, ganó el afecto y la complicidad de los más pobres, con quienes compartía sus botines. En reciprocidad, ellos le brindaban alimento, refugio e información sobre los movimientos de la policía y el ejército.

Algunos políticos de Loja lo tenían como un aliado para atacar en secreto a sus adversarios, mientras los intelectuales de izquierda lo idealizaban como un organizador de células campesinas destinadas a desatar una revolución social e instaurar un gobierno proletario. En mayo de 1926 se fundó en Quito el Partido Socialista Ecuatoriano. Sus integrantes enviaban al cantón Paltas ejemplares de la revista Nueva Polonia para difundir la lucha de clases, la organización obrera y la transformación social. Muchos adolescentes socialistas que tuvieron encuentros fortuitos con Briones afirmaron que jamás los intimidó ni violentó; al contrario, el fugitivo los saludaba con una venia.

En 1930, bajo la dirección del empresario y liberal progresista José Abel Castillo, el diario El Telégrafo de Guayaquil siguió con interés a la banda de Naún Briones. El periodista orense de ese medio, Alejandro Campoverde Andrade, llegó a describir al bandolero como “un comunista por naturaleza”. Organizada bajo el patrón de las bandas del norte de Perú y las de Pancho Villa en México, la agrupación de Briones operó en Loja, El Oro, Zamora, zonas de Azuay y Guayas, y el norte peruano, llegando a unirse a cuadrillas gigantescas en el departamento de Piura.

Más tarde, acusado de varios delitos, Briones fue condenado a 17 años de reclusión en el penal García Moreno de Quito. Sin embargo, el 2 de septiembre de 1932, inmerso en los sangrientos combates de la “Guerra de los Cuatro Días”, se fugó del presidio junto a otros reclusos y volvió a operar en la provincia de Loja.

En noviembre de 1934, el presidente José María Velasco Ibarra ordenó a policías y militares capturar a la banda de Naún Briones y desarticular los ejércitos irregulares que aterrorizaban a la población. En la madrugada del 13 de enero de 1935, en el paraje conocido como Piedra Lisa, miembros de la fuerza pública anunciaron el final de Naún Briones. Posteriormente, el sacerdote Alfredo Narváez afirmó que el caudillo cumplió su promesa en vida: se disparó en la cabeza para evitar ser capturado.

Una vez que la fuerza pública desarticuló a las facciones que azotaban el sur ecuatoriano, la memoria colectiva sitúa, cerca de 1940, la aparición de grupos de mujeres en los cantones de Macará, Calvas y Paltas que se autoidentificaban como “naúnas” en tono altanero. A diferencia del temido Naún, ellas no buscaban el pillaje ni eran cuatreras comunes; lo asombroso del fenómeno es que el grupo estaba integrado por jóvenes de la élite y la clase media regional que adoptaron el nombre del bandolero como un símbolo de rebeldía.

Con su comportamiento, estas mujeres desafiaron la estructura patriarcal de la época, la misma que sobrevaloraba lo masculino y desvalorizaba lo femenino. Vestidas con ropas de hombre, sombrero vaquero y armadas con revólveres al cinto, viajaban sin pedir autorización entre Loja, Azuay, El Oro y el departamento de Piura, montando caballos que ellas mismas habían domado. Aunque a veces permitían la compañía masculina, lo hacían bajo sus condiciones: ellos asumían el rol de empleados, encargándose de cocinar, lavar, planchar, limpiar el calzado y cuidar a los animales. Estas rebeldes no solo tomaron las riendas de la economía familiar, sino que defendieron su libertad a balazos; disparaban al aire para intimidar a cualquiera que intentara reprocharlas y dormían con esas mismas armas bajo la almohada.

En honor al nombre que adoptaron, las naúnas jamás acataban las órdenes de sus padres o hermanos, quienes les exigían dedicarse a las tareas domésticas, permanecer encerradas en casa y estar al servicio de las cofradías religiosas. En sus conversaciones solían alardear del dinero que ganaban y de la calidad de las armas que conseguían; asimismo, expresaban con pomposidad que no temían «a los castigos físicos, al qué dirán ni al mismísimo demonio». El tiempo de asueto lo dedicaban a desarrollar su fuerza física y habilidades mentales para participar en juegos de salón, ganar en ellos y reforzar su economía.

Les fascinaba intervenir en debates políticos para imponer sus ideas y demostrar que siempre tenían la razón. Además, se metían por la fuerza en cualquier competencia de acrobacias ecuestres, un deporte que en la época estaba reservado exclusivamente para los hombres, aprovechando esas oportunidades para desafiarlos a la lucha romana, los pulsos, el tiro al blanco, los juegos de cartas, el ajedrez, las peleas de gallos e incluso compitiendo en el consumo de tabaco y alcohol. En esto último eran exigentes: solo tomaban licores europeos, pues consideraban que beber cualquier otra cosa era más desagradable que montarse en un «burro viejo y garrapatoso». Ante esto, muchos varones preferían rehuirles, tachándolas de «malditas».

Las naúnas se dedicaron a la crianza y comercialización de ganado vacuno y equino, dejando los animales de corral para los pequeños comerciantes. Aprendieron a fabricar arreos para venderlos en las plazas de los pueblos, se involucraron en la minería artesanal y en el contrabando de productos entre Ecuador y Perú. En las fiestas se presentaban sin invitación con el fin de hacer negocios; allí causaban gran escándalo al acercarse indistintamente a hombres o mujeres para invitarlos a bailar. Si presenciaban una pelea familiar o callejera, intervenían de inmediato para zanjar la disputa apuntando a los involucrados con sus revólveres. Además, a los hombres que agredían a las mujeres los doblegaban con insultos y disparos, obligándolos a «ponerse en cuatro y relinchar» antes de pedir disculpas. Cuando finalmente se marchaban de un sitio, los lugareños solían murmurar: «Son el mismo diablo».

Algunas de estas revolucionarias no solo desafiaron los esquemas tradicionales de género, sino que, valiéndose de obsequios y de una apariencia masculina, lograron ganarse la confianza de diversos jóvenes para conocer sus estrategias de seducción. A pesar de las burlas, las amenazas y el rechazo social que ello les acarreó, ninguna de estas censuras logró quebrantar su resolución.

Así fue como Delia aprendió que las mujeres más necesitadas de afecto eran las viudas; por ese motivo, orientó su interés romántico hacia ellas, lo que hizo que sus amigos la apodaran socarronamente “el Consolador”. Para Mercedes, en cambio, las mujeres se fijaban principalmente en lo económico, pues amaban sin restricciones a quien las llenara de joyas de oro; por ello, sus amigos la llamaban “el Midas”. Leticia, por su parte, creía que toda mujer valoraba la fuerza física, razón por la cual aseguraba que podía levantar        un caballo con los brazos, ganándose el cariñoso apodo de “el Sansón”. A Domitila no le valía ningún consejo: cada vez que se enamoraba de una fémina se volvía díscola y bohemia, y pasaba noches enteras deambulando en la oscuridad como un fantasma que buscaba desesperadamente el eco de los suspiros de su amada; así que sus amigos, entre bostezos, la llamaban «el Duende». Finalmente nos encontramos con Esperanza, quien aseguraba que se comunicaba con sus enamoradas únicamente mediante silbidos; entre carcajadas, sus amigos la motearon como “el Pájaro Loco”, un apodo que nos permite ubicar su historia en el año 1941.

El surgimiento de las naúnas supuso una transgresión radical frente a las imposiciones machistas de la época, logrando redefinir los roles de género tradicionales. Asimismo, estas mujeres se empoderaron de su sexualidad y afectividad al elegir con total autonomía a sus parejas románticas, desafiando con firmeza la vindicta pública.

La luna observa embelesada las cimbreantes siluetas femeninas que acarician la penumbra, fundiéndose en sus fantasías y pasiones, mientras, en el cenit, las mariposas se entrelazan en un vuelo sensual ante las rosas que, desnudas de perfume, imploran su amor. Suaves melodías danzan sobre las praderas bañadas de añoranza; al mirar hacia atrás, las naúnas son una leyenda inmortal de amores incomprendidos que reverdecen, invictos, en el regazo de la memoria.

Autor: MBA. Eduardo Ramón López

Loja, Ecuador


REFERENCIAS:

Sánchez Andrade, Jaime (1935): El último día de un bandolero romántico (cuento histórico). Imprenta Ecuador. Quito.

Varallanos, José (1937): Bandoleros en el Perú. Imprenta y Editorial Altura. Lima.

Torres, Martín. Aquí vivió Naún Briones: el Bandolero Romántico que robó a los ricos para socorrer a los pobres. En Revista “Vistazo”, febrero de 1964.

Reyes, Eduardo. Naún Briones famoso bandolero lojano. En Revista “Vistazo”, junio de 1969.  

Armijos Ayala, Arturo. (1995): Loja antigua en la memoria. Editorial Universitaria. Loja.

Pucha, Eduardo (2008): Naún Briones: leyenda y tradición. Casa de la Cultura. Loja.

Pucha, Eduardo (2019): Naún Briones: leyenda y tradición, tomo II. Casa de la Cultura. Loja.


viernes, 24 de abril de 2026

LOS SECRETOS QUE EL MAR NO PUDO GUARDAR



Los primeros piratas del Caribe solían ser hombres con experiencia marítima, a menudo vinculados al mundo de la navegación. Dominaron las rutas de los mares y océanos americanos entre los siglos XVI y XVIII. Esta actividad, conocida como corso cuando contaba con respaldo oficial, fue utilizada estratégicamente por gobiernos y compañías comerciales para debilitar los intereses de la Corona española y favorecer el establecimiento de nuevas colonias.

Los piratas establecieron sus propios códigos de conducta, ya que las leyes terrestres carecían de eficacia y jurisdicción sobre estos hombres del mar. A bordo, cantaban, bailaban y realizaban ejercicios de fuerza. Algunos exhibían sus partes íntimas de forma provocativa, en un torpe intento de seducción

Los piratas practicaban el matelotage, un pacto de convivencia y sociedad económica en el que se emparejaban. Este acuerdo incluía compartir el botín, heredar los bienes del compañero en caso de fallecimiento, corregirse mutuamente y compartir el lecho.  Las relaciones de estas parejas ardían más que el calor del Caribe, y sus escenas de celos desataban tormentas más intensas que un huracán. Algunos procesos judiciales tramitados ante los tribunales del Almirantazgo revelan que la mayoría de estas parejas practicaba sexo intrafemoral, técnica que consiste en alcanzar la eyaculación mediante la estimulación del pene entre los muslos del compañero. Los encuentros sexuales entre hombres eran tolerados por los capitanes y contramaestres de las embarcaciones, siempre que no derivaran en conductas escandalosas, ni los implicados mostraran comportamientos considerados afeminados.

El pirata inglés Francis Drake, célebre por su ferocidad, contrajo matrimonio en dos ocasiones y, en ambos casos, mantuvo con sus esposas un matrimonio josefino; por esta razón, no tuvo descendencia. En 1572, apresó una fragata española y tomó como botín al habanero Diego Grillo, un adolescente de 12 o 13 años. Impactado por la belleza del joven mulato, lo mantuvo en su camarote durante muchos años, le enseñó  a hablar en inglés, el arte de la navegación, y le prodigó, sin inhibiciones, muestras públicas de amor. 

El historiador estadounidense Barry Richard Burg sostiene que, a pesar de la condena cristiana, entre los hombres de mar la pederastia de estilo helenístico persistió hasta bien entrado el período moderno temprano. Algunos piratas realizaron saqueos marítimos e incursiones en aldeas con el fin de capturar niños y adolescentes para destinarlos a su servicio personal.  

El doctor Burg examinó los registros de los consejos de guerra de la Marina Real Británica y encontró que, entre los años 1700 y 1850, la mayor parte de los casos de actividad homosexual a bordo de los barcos involucraba a hombres adultos con niños o adolescentes. Algunos de estos individuos presentaban conductas execrables propias de la pedofilia, mientras que varios adultos establecían vínculos entre sí, conformando una incipiente comunidad protogay.   De igual manera el doctor y docente de la Universidad de Connecticut, Hans Turley, ha analizado la forma en que los piratas rompían las normas sociales de la sociedad europea y las definiciones de sexualidad y género, incluyendo en su vida cotidiana relaciones entre hombres y formas alternativas de masculinidad. 

Tanto Turley como Burg señalan que las relaciones homosexuales se daban entre hombres que proyectaban una imagen hipermasculina. Entre sus declaraciones grandilocuentes se incluían referencias a la violencia sexual contra mujeres prisioneras, prácticas sádicas dirigidas tanto a mujeres como a hombres en roles sexuales pasivos, la ostentación del tamaño de sus genitales y el uso de prostitutas. 

En las embarcaciones marítimas se registraron casos de violación, prostitución, prácticas sexuales grupales e incesto entre personas del mismo sexo. Aunque la sodomía era ilegal y severamente castigada en tierra, en los barcos de la Marina Real Británica las autoridades a menudo hicieron de la vista gorda ante la existencia de relaciones sexuales entre miembros de la tripulación, al considerarlas en muchos casos consecuencia de la ausencia de mujeres, de necesidades fisiológicas y de las duras condiciones de vida a bordo. Por otro lado, los piratas vivían al margen de la ley y rechazaban las normas sociales y religiosas de la época; detestaban las imposiciones de una sociedad moralizante. Por esta razón, sus embarcaciones se convirtieron en espacios relativamente tolerantes y, en ocasiones, en refugios para parejas del mismo sexo, a quienes ofrecían seguridad.

Los piratas del Caribe también incursionaron en el océano Pacífico. Una de las ciudades más asediadas por estos bandidos del mar fue el puerto de Guayaquil. En 1587, el ataque del pirata y aristócrata Sir Thomas Cavendish fue repelido valientemente por los habitantes de esta urbe. En 1623, el corsario holandés Schapeham atacó e incendió Guayaquil; en esta agresión se destruyeron tres conventos y el hospital. En 1680 y 1681, el pirata Bartholomew Sharp fue rechazado por la población cuando intentó saquear Guayaquil. El 21 de abril de 1687, el filibustero Davis se confabuló con filibusteros franceses con el propósito de atacar Guayaquil.  Esta incursión fue catastrófica para el puerto: los piratas robaron perlas, joyas, oro y mercancías valiosas, así como 14 embarcaciones fabricadas en su astillero. Las mujeres y los niños fueron tomados prisioneros; setecientos  hombres fueron enviados como cautivos a trabajar en las posesiones francesas de la isla La Española, y cuatro rehenes fueron decapitados delante de sus familias. Los piratas, desprovistos de todo rasgo de humanidad, negociaban la libertad de los capturados exigiendo a los habitantes de Quito un rescate consistente en dinero, toneladas de harina y otros alimentos. Como estas demandas tardaron en cumplirse, abandonaron Guayaquil el 26 de mayo de ese mismo año.

Muy distante de la asolada ciudad de Guayaquil y del paradisíaco mar Caribe, en Europa las leyes castigaban con severidad la sodomía; por esta razón, los hombres homosexuales debían ser discretos respecto de sus preferencias. Muchos se protegían llevando lo que modernamente se ha denominado una “doble vida”, mostrando en todo momento un interés exagerado por la belleza de las mujeres o contrayendo matrimonio.

Los documentos que contienen juicios por sodomía, conservados en Francia, el Reino Unido y los Países Bajos, son escasos y fragmentarios, y sugieren que, para procesar a los implicados en estos delitos, se utilizaron nombres ficticios con el fin de no estigmatizar a las poderosas familias vinculadas a la piratería.

Los juicios por sodomía contra los marineros del Caribe se originaban a partir de acusaciones mutuas, frecuentemente asociadas a tensiones internas como envidias, conflictos, venganzas, celos o la percepción de una distribución injusta del botín. Sin embargo, las sentencias eran muy desiguales: favorecían a las personas adineradas y resultaban mucho más drásticas con la gente pobre y sin familia reconocida.

En la ciudad de Port Royal, bajo dominio inglés durante el siglo XVII, se llevaron a cabo numerosos juicios contra marineros acusados de sodomía; por ello, la urbe fue apodada “Sodoma del Universo”. Este puerto fue considerado uno de los más perversos del mundo, debido a que su economía se sustentaba en el comercio sexual, la venta de alcohol, los juegos de azar y diversas formas de entretenimiento que transgredían la ley. En los numerosos antros, prostitutas y prostitutos ofrecían satisfacer las apetencias sexuales más desenfrenadas, en ocasiones en un entorno exhibicionista. En este escenario incontrolable, las mujeres que ejercían la prostitución se hacían hipervisibles para captar clientes, mientras que la prostitución masculina operaba de manera casi invisible. Los juicios por sodomía solían concluir con sentencias que incluían la horca, los azotes públicos, la prisión o los trabajos forzados. En 1692, un terremoto hundió gran parte de la ciudad de Port Royal en el mar y provocó la muerte de miles de personas. Este evento sísmico reforzó la idea de que la presencia de homosexuales atraía la ira divina y diversos infortunios sobre la comunidad.

Aunque la piratería se desarrolló en un entorno peligroso, violento e intimidante, con riesgo permanente de ejecución, algunos hombres la interpretaron como un espacio de mayor libertad frente a la vida en la marina mercante, la marina naval o en tierra firme, donde la justicia imponía un control que no siempre consideraba sus proyectos de vida o sentimientos. Los individuos estigmatizados, a través de leyes que vulneran su dignidad, pueden verse obligados a huir del mundo legal y refugiarse en agrupaciones que, desde el exterior, son percibidas como depravadas, vinculadas al crimen organizado y a la supuesta destrucción de la familia tradicional o de la sociedad.

En las cálidas arenas del Caribe, donde el ritmo enciende la piel y un dialecto seductor despierta los sentidos, aún flirtean desnudos los secretos que el mar no pudo guardar.

Autor: MBA Eduardo Ramón López

Investigación realizada en la Biblioteca de Universidad Andina Simón Bolívar

Quito, Ecuador




FUENTES BIBLIOGRÁFICAS.

Barry Richard Burg: Sodomía y la Tradición Pirata

Barry Richard Burg: Chicos en el mar

Charles Johnson: Historia general de los piratas

Edgardo Pérez Morales: El Caribe cimarrón y los corsarios de Cartagena en la época de la independencia

Francisco Mota: Piratas en el Caribe.

Hans Turley: Ron, sodomía y el látigo

Manuel Lucena Salmoral: Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios

Marcus Rediker: Villanos de todas las naciones.

Teresa Valdés y José Alavarría: Masculinidades: Poder y crisis